viernes, 21 de noviembre de 2008

CRONICA DE UNA PENDEJADA








CRONICA DE UNA PENDEJADA
Por MARISOL TOBALINA

El tiempo en San Patricio transcurría mecido al ritmo de un aroma de muerte natural. El viejo pueblo sobrevive como un retrato aletargado de ventoleras infames, silencios largos y amargos con el sopor de un mundo entumecido por los recuerdos de las fiestas en la plaza, las retretas elegantes y el deslizarse perfecto de una señora intachable, modelo de todo el pueblo, madrina de los más pobres, protectora de los huérfanos serena fina y distante patrona del cementerio.

Doña Rosario de Aspíllaga la mujer que con las caderas concede lo que con la boca niega. Una tragedia cobriza que todo el pueblo ha llorado excepto Doña Rosario, nadie recuerda haber visto llorar a la doña, ni siquiera aquella noche de verano cuando en medio de la envidia de hacendadas casaderas y ardiendo por las brasas de alguna amante olvidada Don Lorenzo de Aspíllaga y Chocano, (tan blanquito él tan apuesto él tan codiciado él) la tomaba por esposa y mujer para toda la vida. Si se puede llamar vida a los años que Rosario consumió presa de la dignidad y la cordura.

Tampoco lloró 20 años más tarde cuando Monseñor de La Colina sentenció que podía compadecerla pero jamás perdonaría (en nombre de Dios) ese pecado cobrizo que con las caderas concede aunque con la boca niega.

El cura no la perdonó y al parecer Dios tampoco. Rosario se condenó al silencio y a criar con devoción a ese pequeño mestizo camuflado entre los Aspíllaga gracias al descuido de Don Lorenzo (tan blanquito él tan apuesto él tan ilustre él).

Es domingo de retreta, Tadeo Poma ya es alcalde, Ese cholo cultivado al que la vida le ha dado más de lo que podía soñar en sus colchones de paja. Así se refirió Don Lorenzo al nuevo alcalde tal vez porque ignoraba o quizá adivinó que entre los brazos de hierro del indio se fundirían para siempre su ilustre apellido y los inenarrables instintos su imperturbable mujer.

Andrés Aspíllaga de La Madrid único heredero del abolengo, el apellido, el porte y la callada bancarrota de Don Lorenzo, creció como crecen los ricos: sin haber madurado jamás a la sombra de las faldas de su madre y de una fortuna que ya es historia como quisiera Rosario que fuera también historia o mejor aún un cuento esa pasión en la que arde su hijo junto a Prudencia Dulanto, la maestrita de lenguaje de la única escuela de San Patricio y que gracias a la bendición de Monseñor de La Colina se convirtió en su inexperta Directora. Al parecer Monseñor que no perdonó a Rosario pudo ser muy indulgente con las caderas de Lucrecia bastante más entrenadas que el cerebro de la maestra.

Rosario tampoco lloró por los enredos de su hijo con la querida del cura. La doña volvió a callar como se calla un pecado ilustre, digno del hijo de la mujer que con las caderas concede lo que con la boca niega.

Tadeo Poma sonríe con naturalidad, conoce su mejor ángulo y hasta ha aprendido a posar, sus asesores de imagen han terminado con la timidez del otrora alcalde de San Patricio, aquel que no podía sostener sus ojos aceitunados ante la mirada profunda, inolvidable y almendradamente peligrosa de Doña Rosario de Aspíllaga, la mujer que con las caderas concede mientras con la boca niega y que se condenó para siempre a criar con devoción a ese muchacho mestizo camuflado entre los Aspíllaga, cuya vida transcurre sin que Don Tadeo Poma ilustre congresista de la república lo imagine siquiera. Como si hubieran sido estériles las tardes en que agonizando entre el deseo y la culpa profanaba junto a la doña el altar mayor de la catedral de San Patricio y los dignísimos mausoleos de aquel polvoriento cementerio que Doña Rosario visitaba con tanta frecuencia y donaire que hasta los muertos parecían acoger a esa dama que sin haber llorado nunca, gemía entre las almas cuando se balanceaba exhausta sobre el indómito vientre del alcalde pueblerino.

Don Tadeo. Así llaman sus seguidores al fantasioso cobrizo que con 15 kilos menos e ilusiones de más abandonó San Patricio una noche de verano, confiado en que Rosario cumpliría la promesa jurada entre espasmos de locura de abandonar todo para ir tras él a la capital y vivir a su lado un amor, que de no haber conocido junto a Tadeo hubiera muerto creyendo que sólo es un invento de los poetas febriles.

Sólo los años de amarga espera sin respuesta le demostraron a Don Tadeo, que hay cosas que no pueden ser y lo que no debe ser no debió haber sido nunca. Pero fue y tanto lo fue, que el padre de la patria deseó mil veces volver a ser ese cholo atrevido y don nadie que consumió enteramente aquello que ningún hombre ha conocido jamás: la pasión obsesiva de Doña Rosario, la mujer que con las caderas concede lo que con la boca niega, y que nunca lloró pero tampoco ha pasado una sola noche sin temblar con el recuerdo de los altares profanados y las fosas ardorosas donde se daba a Tadeo cada tarde beso a beso, savia a savia vida a vida para siempre y hasta nunca, porqué siempre y nunca lo adoró y nunca y siempre lo ha vuelto a ver.

La ausencia de la íntima sangre de Doña Rosario cambió su suerte y la de Tadeo en sólo una noche de verano. Su cuerpo ya se rendía a la inevitable menopausia pero aquel pecado cobrizo la hizo fértil como una adolescente alborotada y respondió como hembra lozana a los ardores de su amante urgente.

Rosario estaba embarazada pero de una partida que no jugó con su marido (tan blanquito él, tan apuesto él, tan distraído él).

Con la mano sobre su vientre como adivinando un latido, la doña decidió abandonar San Patricio y vivir junto a Tadeo y su hijo esa felicidad que le había negado los años de dignidad y cordura.

Pero Andrés también es su hijo y no podía abandonarlos a él y a su padre. En San Patricio el matrimonio es una comedia cuyo telón sólo baja con la muerte.

En un arranque de cinismo o de honestidad (que muchas veces son lo mismo) Rosario confesó a Don Lorenzo ese pecado cobrizo que con las caderas concede mientras con la boca hasta hoy había negado.

El marido no se sorprendió ante el atrevido relato de la Señorona. Se limitó a interpelar a la adultera Rosario, haciendo escarnio sobre el futuro político de un alcalde pueblerino que embarazó a la mujer más respetada del lugar, burlando la moral de un pueblo que le dio su respaldo cuando en su cabeza trinchuda sólo cabían ilusiones y un sombrero de paja.

Rosario pensó únicamente en Tadeo, lo imaginó destruido, con un hijo entre los brazos al lado de una cuarentona. Lo visualizó frustrado en su más caro anhelo de ser político un día. Todo por culpa de ese pecado fértil que con las caderas concede mientras con la boca niega.
Rosario volvió a callar fiel a su estilo esta vez tampoco lloró y se condenó nuevamente a vivir entre la dignidad y la cordura criando con devoción a ese muchacho mestizo camuflado entre los Aspíllaga.

Tino Aspíllaga galopa airoso sobre el caballo favorito de Don Lorenzo aquel que nunca hubiera permitido que Andrés montara. Con Tino todo era diferente, el predilecto de Lorenzo llevaba a la bestia con la altivez inconfundible no de un chalán sino del inca. En su sangre mestiza y rostro cobrizo refulgían los ojazos de almendra de Rosario único aporte de la doña al muchacho pues todo en el chico recordaba a Tadeo. Nadie mencionaba jamás al ex alcalde, por respeto a Lorenzo que le ha entregado el alma a ese jovencito aceitunado hijo de la locura y el pecado de su mujer. Fruto de la osadía del cholo igualado y de la falta de coraje del mismo Lorenzo.

Andrés Aspíllaga tuvo la templanza que le faltó a su madre y la desenfado que nunca tuvo su padre. Un domingo de ramos se fue de San Patricio con doña Prudencia convertida en su mujer por encima de la opinión y la crisis diabética del cura, las normas eclesiásticas del papa y sin temor alguno al infierno. La maestra hoy se llama Doña Prudencia de Aspíllaga y trabaja en la capital enseñando lenguaje a niños laicos por respeto a su marido que no quiere saber de altares ni religiones. Los cementerios en cambio le atraen poderosamente pese a que al visitarlos se siente como un hijo de puta. Se consuela musitando ante las tumbas y mausoleos: hijos de puta los indios el que parió mi madre y el que la puso a parir.

Nunca nadie se atrevió a mencionar ese tema jamás nadie dijo (al menos en voz alta) lo que todo el pueblo conoce. En San Patricio nadie sabe lo que no debe saber.

Don Lorenzo había puesto en Tino la vehemente ternura que nunca tuvo para Andrés, seguramente por la seguridad de que Andrés siempre fue y será su hijo a diferencia de Tino que sólo llevará su sangre hasta que Rosario se atreva a liberarse de la condena de vivir junto a él. Una penitencia inclemente por el pecado cobrizo que con las caderas concede mientras con la boca niega. (La raza humana experimenta un anhelo incontrolable por el tesoro ajeno y el amor a medias. Esas ansias obsesionan al hombre y magnifican ante sus ojos lo simple lo corriente y lo normal.)

Se casó Don Tadeo, se decidió a superar esa falsa verdad que lo atormentó por años y aún le quema la medula.

El olvido de Rosario no lo ha dejado vivir pero ha aprendido a pastorear sus demonios, esos que cada día le recuerdan que Rosario se quedó al lado de su marido como hacen las blanquitas que sólo por turismo corporal sacan los pies del plato para regresar mansitas a tomar de nuevo el cetro de señoras intachables.

Le dolía pensar que después de impregnarle a uno la piel con ardientes sudores, y los poros con el aroma meloso del deseo le digan como en los casinos “la casa gana” Con esa daga en el corazón ha vivido Tadeo todos estos años entre triunfos políticos y la amarga victoria de un matrimonio sereno y estable.

Cuantas veces vivir en un error lleva al ser humano a cometer otro más grave. Tadeo no se casó motivado por amor el de una mujer sino por el desamor de otra, un desamor que nunca sintió la señora que por haberlo amado tanto se mantuvo en la casa en la mesa y del brazo de Lorenzo, pero jamás volvió a posar un sentimiento en la almohada marital.

El orgullo herido llevó a Don Tadeo a la ceguera a la locura y al matrimonio con una dócil y pálida novia resignada a vivir para siempre al lado de un hombre que le ofrece su amor y su tiempo a sólo en los breves episodios que la política y el recuerdo de Rosario lo permiten, y que han sido suficientes para engendrar a una graciosa niñita a la que Tadeo llegó a adorar casi como a Rosario. Pero el amor de los hijos no calma el ardor por una mujer –digan lo que digan los resignados- cuando celebran sus bodas de plata matrimoniales.

Los años pasan y Rosario envejece, en cambio Lorenzo reluce por la ilusión ese derecho que le arrancó a su esposa cuando la puso a escoger entre el futuro político de Tadeo y su propia felicidad, obligándola a reaccionar con esa maldita lucidez que cambió para siempre el rumbo de su vida y la historia del hijo que apenas palpitaba en sus entrañas.

Chabuca Alcedo llegó a San Patricio un atardecer de Junio ceñida a unos pantalones capitalinos impensables en el pueblo y que no dejaban a la imaginación unas caderas carnosas más atrevidas aunque menos pecadoras que las de Rosario, (al menos en un principio). Chabuca era hermosa y desenfadada como buena capitalina. Sabía tanto de amores que decidió nunca volver a padecer de lo que llamaba obnubilaciones mediocres, pero tampoco dejó de disfrutar de lo único que le reconoce a los hombres un ego inflado y sed de apariencias, esas debilidades bien aprovechadas por unas caderas prometedoras pueden ser muy rentables y para Chabuca lo son. Dos de sus hijos estudian en el extranjero y ella tiene sueldo de enfermera. Que diría Monseñor de la Colina si el pobrecito hubiera sobrevivido a la diabetes y la traición de la hoy señora Prudencia de Aspíllaga.

Don Lorenzo buscó a la enfermera citadina por que el hijo de un Aspíllaga se merece un “BUEN NACER” aunque sabrá Dios si lo engendraron en el panteón, en la iglesia o en cualquier rincón del pueblo donde Rosario olvidaba cada tarde las cosas que olvida una señora cuando cuando anhela ser una mujer.

“Esos cholos son mañosos, que cochinadita te habrá hecho mamita” dijo Chabuca en tono cómplice a Rosario cuando la descubrió estrujando un pañuelo blanco que a juzgar por lo corriente de la percalita tenía que ser del ex alcalde sin que fuera necesario prestar atención al bordado de las iniciales T. P. Ese bordado era un trabajo delicado y hermoso.

Las cholas bordan bonito y ese pañuelo sólo puede regalarlo una india cuando despide a su hombre. Así son los hombres capaces de deshacerse del pañuelo, el recuerdo y el amor de una mujer cuando se enchuchan con otra comentaba sin ambages Chabuca.

Rosario no parecía escuchar las impertinencias de la enfermera, aunque con la doña nunca se sabe, la doña escucha sin oír, observa sin mirar y siempre está ausente y a la vez en todas partes. Chabuca insiste “cumplidor el alcaldecito no?” Rosario sonríe como no lo hacía en meses y con su habitual arrogancia (a pesar de sus deslices) le recuerda quién es la patrona.

Esto debería recordarlo Lorenzo que ha convertido a Chabuca en la nueva señora de Aspíllaga en la clandestinidad de su alcoba y en los rincones de su alma, pero en su alma hay más espacio para el dolor que para un amor otoñal.

Las lágrimas de Lorenzo y un eterno beso en la frente que le dio Rosario con la distante ternura de los últimos años, son los recuerdos que acompañaron a Tino en el soñado viaje hacia la gran ciudad donde se convirtió en un destacado estudiante de leyes y dirigente juvenil del partido de Tadeo Poma. El candidato presidencial de mayor aceptación. Un verdadero fenómeno político.

De raza le viene al galgo decía Chabuca cuando escuchaba a Tino argumentar y defender acaloradamente sus ideas. Con razón o sin ella a través de sus palabras y sus gesticulaciones teatrales que empapaban su rostro con lágrimas de esas que su madre nunca lloró, transformaba los delitos en verdaderas virtudes y los ofendidos terminaban por pedir perdón al agresor.

Tino era un líder, y como todo líder estaba lleno de traumas, aunque traumas tienen también los mediocres. Los líderes muchas veces son mediocres.

Pero Tino Aspíllaga no lo es. No es posible ser uno más cuando se tiene la sangre complicada como el cantor de América atormentado entre el indio y el hispano que viven dentro de sí y que se aborrecen mutuamente, como en tiempos de la colonia. Tino lleva en la piel el color que dicta el rey sol y en sus ojos andaluces guarda el secreto de su madre, un misterio que nadie ha querido revelarle y por el que ha sufrido todos estos años junto a Lorenzo.

Padre e hijo han padecido el dolor en una misma carne separados solamente por una sombra indeseable, esa imagen borrosa y nítida al mismo tiempo que también hostiga a Andrés. Los dos hijos de Rosario han vivido la misma historia cada uno a su manera porque nunca se sintieron hermanos.

Andrés odiaba al cholo Poma y aún ahora lo desprecia, convertido en Don Tadeo el candidato favorito a la presidencia del país. El odio de Andrés era como el amor de Rosario callado y discreto aunque siempre vibrante. Para Tino el odio es otra cosa es destruir al sujeto de tu desprecio, encontrarlo y acabar con él como se acaba con un vulgar ladrón. Eso era Tadeo un ladrón que le arrancó a su madre el corazón y la calma, le arrebató a su padre la dignidad y el orgullo, y que ha privado al propio Tino del derecho de ser un Aspíllaga completo y hasta le negó la oportunidad de no haber nacido. Tino odiaba a Tadeo con la misma fuerza instintiva que lo amó Rosario y con todo el despecho que ni siquiera Lorenzo era capaz de sentir por su infinita nobleza.

Lo real en todo esto es que Rosario amó a Tadeo hasta el último día que vivió el ex alcalde o hasta el día que lo dejaron vivir.

Al Dr. Andrés Aspillaga le tembló la voz cuando tuvo que explicar ante la opinión pública y la prensa internacional, que pese a todos los esfuerzos de la ciencia por salvarle la vida, el candidato a la presidencia del país, el honorable Don Tadeo estaba muerto.

Al pobre Andrés le temblaba la voz pero a Tino, no le tembló la mano para hundir en el pecho de Tadeo una cuchilla. Dicen que la sangre llama y por primera vez a Tino lo llamó la sangre densa y marronesca de Tadeo igual a la suya que fluía de su mano derecha lastimada por esa misma arma que se hundía en ese pecho todavía duro y curtido de su víctima. “He matado a mi padre” pensó, aceptando por primera vez el parentesco con Tadeo. Pero Poma no estaba muerto sólo herido, tirado en el piso y aún consciente como para reconocer en los ojos de su agresor la mirada profunda, inolvidable…peligrosa de Rosario de Aspíllaga. Tuvo tiempo también para evocar a la Justina esa chola rosadona que bordaba para comer y comprarle libros a Tadeo el cholito cultivado que prometió a Justina sacarla de Intipacha y llevarla a la gran ciudad para ser ricos y poner a estudiar a los hermanitos de ambos que como todos los pobres eran numerosos.

Pero Tadeo no le cumplió a la Justina y mientras lo llevaban entubado en la ambulancia hacia la clínica privada que hoy dirige el Dr. Andrés Aspíllaga pasea por su memoria como siempre, la imagen de Rosario. Esta vez recordó también a la Rosenda, esa madre suya a la que nunca volvió ver. Aquella india rechoncha era de hierro y sabía que su hijo iba a tener mal final, se lo decían las hojas de coca que la Rosenda leía como en un libro abierto (si hubiera aprendido a leer).

Aunque analfabeta la india era sabia “cuida tu chacra Tadeu, la ciudad no es pa los indios, esos blanquitos son bien malos no mas nos quieren pa limpiar sus mugres. Quiérelo a la Justina pa que tengan hijos fuertes que te ayuden con la chacra de tu padre.” le rogaba Rosenda, pero Tadeo odiaba la chacra, no resistía el recuerdo de su padre siempre borracho, que ahogado en el cañazo una noche cayó en el pozo que el propio viejo había abierto y del que Tadeo no quiso que saliera. Cuando escuchó al taita clamar por ayuda prefirió esconderse en su choza reviviendo el escozor de los azotes cuando el viejo borracho les rajaba la carne a él y a su madre. Fingiéndose dormido esperó a que su agresor el Eusebio su taita se ahogara en ese pozo que el mismo abrió en la tierra obligando a Tadeo de sólo 5 años entonces a tirar pico y lampa enjugando sus lágrimas y derramando su sangre y sudor infantil sobre la tierra caliente.

La espesura de los montes no era para el Tadeo salvo por aquellas tardes en que llenaba a la Justina con su ardor y su fluido adolescente. La cholita de ojos rasgados y pómulos de granada daba la vida y se bebía hasta los vientos por el indiecito que le prometía llevarla a la capital, pa ser ricos y tener hijos doctores. Entre tanto no debían adelantarse y por eso la Justina se bebía calladita las pociones de hierbas amargas que hervía la Rosenda después de cada pecado en el monte. El brebaje de raíces viscosas la hacían vomitar y desvariar pero había que tragarlo todito pa no parirle un hijo al Tadeo, que quiere ser libre, que quiere ser rico, que quiere vivir como los blancos.

Intipacha estaba muy lejos de la capital pero a sólo dos días a lomo de bestia de San Patricio, la meca de los indios soñadores que se dan por bien servidos limpiando las casas de los hacendados, criando los hijos de las señoronas y convirtiéndose en los hombres de confianza del patrón. Esos que como muestra de aprecio del amo pueden ensillar sus caballos a los que dan mejor vida que a los indios.

Tadeo Poma a los 17 años era, el cholito avispado de Don Augusto la Madrid, un médico de renombre, orgullo de San Patricio por que abrió una gran clínica en la capital. Don Augusto llevaba a Tadeo en cada viaje para que le sirva de camillero, enfermero y loquero en la clínica capitalina por que desde joven Tadeo Tenía los brazos de hierro forjado, ideales para sujetar y calmar a los desquiciados y drogadictos de abolengo que Don Augusto encerraba en su manicomio de alcurnia y los mantenía dormidos o amarrados mientras que sus copetudas familias pregonaban que sus hijos estudiaban en Europa o campeonaban en algún deporte en una de esas islas tahitianas, que por exclusivas no figuran en los mapas. Igual comentaban los de la Madrid sobre las hazañas y la prolongada expedición por el África de Doña Lucrecia Hart, la gringa de alta cuna a quien la parálisis cerebral no le permitió ser la madre que a Rosario siempre le faltó ni la esposa a la que Don Augusto aún dormida la mayor parte del tiempo y perturbada cuando está despierta no ha podido reemplazar con ninguna de sus aventuras.

Su marido no ha dejado de amarla ni de atenderla cada tarde en la privilegiada y secreta habitación de la clínica que hace las veces del África o cualquier exclusivo rincón del planeta donde los enajenados de alcurnia deciden confinar a sus enfermos.

Tadeo se quedó en la ciudad trabajando como loquero en la clínica de Don Augusto para poder estudiar y ser político un día.

Ya lo llamaban Licenciado Cuando volvió a San Patricio para derrocar al entonces alcalde del pueblo Josecito Altamirano un colorado vividor que explotaba a sus peones y se tiraba a las hijas de sus humillados servidores.

Tres años le tomó a Tadeo conquistar a la indiada que ya tenía derecho al voto y a un considerable numero de hijos” democráticos” de algunos hacendadazos con más ganas de irritar a sus tradicionales familias que interés por el bienestar del pueblo. Fue esta masa electoral la que un domingo por la tarde convirtió al licenciado Poma (ex loquero y procedente de Intipacha) en alcalde de San Patricio. Amo de las preferencias populares y esclavo de los ojazos de Doña Rosario de Aspíllaga la mujer que con las caderas concede lo que con la boca niega pero a Tadeo jamás le negó. A él se entregó desde el primer día cuando lo visitó en la alcaldía con su traje rosa pálido y el cabello recogido a la altura de un cuello finísimo como el bordado de la Justina. Esa señora tenía una piel suave, blanquita y brillante como nunca Tadeo había visto de cerca y mucho menos había podido tocar, tenía todo lo que el alcalde nunca había sentido y desde el primer momento decidió poseer y tomar por asalto.

Con la mirada de Rosario entre sus ojos y bajo los efectos de la anestesia Tadeo se rindió al sueño en el aquel frío quirófano. El Dr. Andrés Aspíllaga tenía que operar de emergencia sabía que tenía entre sus manos (como tanto había deseado) la vida de ese indio hijo de puta a quien el otro indiecito igualmente hijo de puta había intentado matar.

La muerte de Tadeo era el único deseo común entre los dos hijos de Rosario con 20 de años de diferencia entre sí que sumados a los odios los convirtieron en dos extraños, nacidos del vientre de Rosario apellidados por Lorenzo y eternamente separados por Tadeo.

Los segundos pasaban y la sangre de Tadeo seguía fluyendo de su pecho, había que actuar con prisa, pero también podía no hacerse nada. Ese era el conflicto entre el Dr. Aspíllaga y el simple Andrés dos hombres en un mismo cuerpo que debían decidir entre salvar la vida del candidato presidencial de su país o dejar morir al cholo faltoso que hechizó a su madre y la orilló a cometer ese pecado cobrizo que su familia no ha dejado de purgar.

Al Dr. Andrés Aspíllaga con la boca se y la vista nublada por la tensión del momento tuvo que informar al mundo que no pudo salvar a Don Tadeo de la muerte ni a Tino de la cárcel. La noticia era dura pero su figuración ante los medios de prensa y su imagen reproducida en los medio de comunicación llenaron su ego como nunca lo hicieron sus éxitos profesionales.

Veinte años pasan pronto sentenció Doña Rosario. Ella lo sabe bien su condena al protocolo. La moral y las buenas costumbres ha sido más larga y ahora con Tadeo muerto el castigo será eterno, sobre todo porque no deja de obsesionarla la causa de la muerte de ese hombre. Se pregunta a cada instante quién mató a su cholo, Tino con su agresión o la inacción de Andrés tan predispuesto a ese “no hacer” heredado de su padre. Se pregunta también si Lorenzo habría amado realmente a Tino o lo que hizo fue sembrar en su hijo
la semilla del rencor que Lorenzo no germinaría dentro de sí mismo, por que el rencor no es una pasión elegante.

Esos pensamientos atormentan a Rosario a quien ahora le inyectan sedantes. El sentimiento de culpa es un mal que también infecta a las señoronas.

Con Tadeo muerto y uno de sus hijos convertido en criminal, sin haber logrado el perdón de Monseñor de La Colina (que en gloria esté) y en manos de la metalizada enfermera amante de su marido que cada día le aumenta la dosis de los calmantes, a Rosario sólo le queda buscar en su memoria a esa señora intachable, modelo de todo un pueblo, madrina de los más pobres, protectora de los huérfanos, serena distante patrona del cementerio. La que profanó los templos y copuló entre mausoleos la que hoy estruja el pañuelo bordado por la Justina la cholita rosadona que comió del mismo plato que la rancia señorona. Si Rosario hubiera tomado las mismas hierbas amargas que bebía la Justina tal vez hoy no usaría sedantes y su hijo no estaría preso los próximos 20 años, para entonces la doña seguramente estará muerta.

“Los blanquitos son bien malos”, volvió a decir la Rosenda frente a la tumba de su hijo. Dos crueles razones llevaron a la matrona hacia la capital ver a su hijo bajo tierra y mirar de frente al que todos señalan como su asesino aunque las hojas de coca le digan otra cosa.

La Rosenda ni bien miró al muchacho percibió en él, la altivez de su Tadeo macerada en la educación y los modales que ponían ante sus ojos la raza de su hijo envuelta en el pastillaje de los blancos. La india curtida por los años no vio nada en el muchacho que le recordara al Eusebio el marido hostil y violento en el que no había vuelto a pensar en todos estos años desde que finalmente lo dieron por muerto después de meses de creerlo perdido, cegado por el cañazo o enredado en las mantas del catre de alguna india ternecita. La Rosenda permaneció en silencio con la boca seca y la mirada fija en el muchacho que a pesar de estar en prisión vestía camisa de seda y pantalones de lino. Casi sin darse cuenta la india empuño las hojas de coca que siempre llevaba en su entre seno, las echó sobre la mesa de madera de cedro de una sola pieza que decoraba la celda del condenado por homicidio. A los asesinos ricos se les trata como a muchachos desorientados.

Las hojas secas y tibias de la planta adivina hablaron claramente. Rosenda sintió un pesado vahído que obligó a Tino a sujetarla entre sus brazos envolviéndolo en un aroma de hijo protegido. Tino sintió el pecho oscuro y tibio de la india. Su abuela era sólida y calientita y estaba junto a él en esa elegante celda que Rosario jamás pisó. Era demasiada dama para aparecer en lugar como ese y a excepción de aquella locura cobriza, Rosario fue y será una señora de señoras.

Rosenda besó la frente sudorosa del muchacho y enjugó una lágrima sintiendo que ese pobre chico que debería estar saltando por el monte estaba pagando el castigo de los Apus. La coca no miente - no es hombre para que engañe - sus hojas dejaron ver con nitidez que Tadeo había dejado morir a su taita en aquel pozo que aparecía profundo y doliente ante las hojas de la coca y los ojos de la Rosenda.

A Eusebio y al Tadeo los mató el odio de sus propios hijos, con la complicidad de un pozo y un quirófano. Los tiempos y los estilos pueden cambiar, pero la miseria humana siempre es la misma.

Rosario ha despertado por primera vez en 40 años al lado de su madre. Lucrecia conseguía lo que los sedantes no lograron, sosegar el corazón ansioso y culpable de la doña, su sola presencia aunque siempre ausente, ponían en Rosario aquello que sólo una madre puede dar, ese calorcito de la ternura que siempre le faltó a la señora intachable, que sació sus hambres de amor en una pasión cobriza que con las caderas concede mientras con la boca niega.

Rosario ha vuelto al seno del hogar materno, ese manicomio para ricos gracias al que su padre amasó una fortuna, que alcanza para pagar la cárcel dorada de Tino, las indemnizaciones por las repetidas negligencias medicas de Andrés y mantener en pie la hacienda de Lorenzo Aspíllaga y las extravagancias de Chabuca Alcedo, incluidos los estudios de los hijos de la ex enfermera que en breve han de graduarse en Europa.

Duelo interno no resuelto, así diagnosticaron a Rosario en estricto privado los eruditos psiquiatras asalariados de su padre. Este término rimbombante propio de una dama de su postín, fue inmediatamente reemplazado por un ingreso voluntario de la doña al convento de las Canonesas ubicado en una antigua ciudad española. La caridad y la vocación de servicio son propias de las señoronas. Nadie podía llamar desquiciada a la mujer que con las caderas concede lo que con la boca niega, esa pasión cobriza que le arrancó la razón desde el primer roce con la boca morácea del Tadeo, que si no está en el infierno hoy descansa en un mausoleo como aquel en, que entregó tanta vida. Tan cobrizo él, tan curtido él, tan arrecho él.

Hay cosas que no pueden ser y lo que no debe ser, no debió haber sido jamás. Del brebaje prohibido hasta un sorbo mata.

Las tardes en San Patricio se visten a diario de fiesta entre retretas sonoras, chismes y habladurías cerveza por todas partes y excesos europeos que permite el alcalde de turno Panchito Alcedo, nacido en la capital y estudiado en Europa gracias a las caderas y alguna que otra técnica de enfermería de su señora madre. Panchito Alcedo- tan leído él, tan borracho él, tan alcalde él, es el digno burgomaestre de un pueblo amodorrado donde nadie sabe lo que no debe saber.

Doña Chabuca de Aspíllaga tan vulgar como su vida, se convirtió en heredera de la hacienda, el apellido y la historia arrancadas del pecado y la locura de la inolvidable señora, que cedió al grito ardiente de una pasión cobriza, cuyos ojos se secaron sin el brote de una lágrima, en el tormento andino que con las caderas concede mientras con la boca niega.

4 comentarios:

El caminante dijo...

Muy Bueno , me gusto .... entretenido ... aunque me hubiera gustado saber que fue exactamente lo que movio a Tino a matar a su padre y como fue la escena ...
Siempre escucho tu programa , tratare de llamar por la noche . Saludos

Félix

jean carlos dijo...

me gusto mucho tu blog marisol, siempre te escucho en la radio, saludos.

Renzo Patricio dijo...

Excelente artículo, Marisol. Soy un oyente de la radio, y seguidor en Facebook. Y qué bueno que ya reactivaste el blog. Se puede configurar la apariencia, con nuevos diseños.

tumanski dijo...

Hola Marisol!, he sido un fiel oyente tuyo y es una pena que no estés en radio Capital, pero seguro que es para mejor y siempre deseándote éxitos.

El motivo de esta misiva es para agradecerte aunque de forma indirecta aquellas lecciones que noche a noche solía escuchar.

Aprendí muchas cosas sobre todo en una oportunidad de "como acabar una relación" y aunque fue mi primer amor tuve siempre presente tus palabras el como saber agradecer todo el amor, tiempo y dedicación entregado, en realidad me ayudo de mucho y ahora puedo seguir adelante con una sonrisa.

Siempre deseándote muchos éxitos personales y laborales...Eduardo